Hoy he vuelto al Inem. No he podido dormir a pierna suelta porque sabía que hoy tenía algo importante que hacer. A simple vista un puro trámite, un proceso burocrático sencillo pero que encierra muchas más cosas. Por más que intento jugar con la lingüística y pensar que tras un despido se abre una nueva etapa, un despido es un despido y lleva intrínseco el sentido del fracaso. Así me siento un poco y me rebelo por enterrar esa idea en la parte más oscura y remota de mi cerebro para que un despido recupere las connotaciones más positivas, el sentido de cambio, la oportunidad de aprendizaje, el reto, la ilusión... recomunica.
Nada puede dejarte indiferente ante esas colas de gente que pasan de ventanilla en ventanilla para cubrir el expediente. Jóvenes y viejos,todos llevan en la mirada el rostro de la desilusión, del fracaso, del miedo al futuro y de lo tedioso de sentarse ante un funcionario altivo que se limita a hacer su trabajo sin contemplaciones. Hay quienes pierden los nervios, los que se cuelan y no respetan las normas, el segurata malhumorado... panchitas con sus bebés sin pudor a la hora de dar el pecho a sus hijos... Gente de todo tipo pero con algo en común, la pérdida de un trabajo, un derecho y un deber.
Así que ahora pido paciencia a todos los que me quieren, que me ayuden a estar activa y optimista, que no deje que las adversidades puedan conmigo y que sepa ver más allá del horizonte que diviso. Ojalá esta situación dure poco y dentro de unas semanas pueda estar orgullosa de haber dado un paso adelante y haber salido fortalecida. Voy a hacer un esfuerzo por aplicarme el cuento que tantas veces he comentado con amigas, por asimilar la teoría y ponerla en práctica. Porque al fin y al cabo buscar trabajo es un trabajo.
lunes, 29 de diciembre de 2008
miércoles, 17 de diciembre de 2008
Mi empresa

Positividad. Hay que ser optimista y saber capear el temporal con la mejor cara posible.
Echo pestes de algunas experiencias en mi trayectoria profesional pero, si dejo a un lado las rabietas, me doy cuenta de que tengo suerte porque he sabido encontrar mi camino. Por eso ahora quiero encarar 2009 con optimismo, seriedad y mucho trabajo.
Es cierto que en mi empresa me han timado, han jugado conmigo, han incumplido su palabra y compromisos, me han dejado de pagar lo que me corresponde.... y un largo etcétera. Me he llevado disgustos, he llorado de rabia, me he reido con sarcasmo, he toreado a clientes insoportables y a socios estúpidos e ineptos con otros valores. He estudiado mi discurso, lo he escrito en papel antes de soltar sapos y culebras por mi boca... con la esperanza de que así entraran en razón... Pero no ha habido manera.
Así que 2009 va a ser el año de las ilusiones y de los intentos, por crear algo propio, sin demasiadas pretensiones pero desde luego bien hecho, con pulcritud, compromiso, rigor e ilusión. Se llama recomunica, no sé si tiene mucho o poco gancho, pero me sirve para empezar...
jueves, 4 de diciembre de 2008
Cuidadoras
Joana, Samira, Claudia, Lidia, María, Charo, Cecilia, Erika... Ani.... una lista interminable de personas a las que he dejado lo que más quiero, mis hijos, y, desde un punto de vista material, mi casa. Es como si de repente echara la vista atrás e intentara hacer repaso de todos los fichajes que han pasado por mi vida, muchos pululan en la memoria como entes o fantasmas que jamás se descubren; otros, dejaron tal huella que permanecen en mi memoria como un rotulador indeleble... Pues en tema de cuidadoras me pasa lo mismo. He sufrido, he llorado, he valorado, he intentado cuidar y hacer la vida más agradable a la gente que he tenido a mi alrededor, pero me han dado palos por todas partes. Así que ahora he llegado a un punto en el que no sé qué pensar.
lunes, 17 de noviembre de 2008
REFLEXION
Decía Truman Capote que Dios te da un talento y te da un látigo.
También, apoya esta tesis Boris Yzaguirre y yo misma, que precisamente elegí
"La parábola de los talentos", como lectura obligada el día que me casé.
Y es verdad. Hacemos de nuestra vida una condena, nuestras obras nos marcan para siempre,
da igual cuando se hayan realizado. En la vida, no hay plazos ni deudas que se perdonen, todos los
comportamientos se plasman de una manera indelebre en el libro de nuestra vida.
También, apoya esta tesis Boris Yzaguirre y yo misma, que precisamente elegí
"La parábola de los talentos", como lectura obligada el día que me casé.
Y es verdad. Hacemos de nuestra vida una condena, nuestras obras nos marcan para siempre,
da igual cuando se hayan realizado. En la vida, no hay plazos ni deudas que se perdonen, todos los
comportamientos se plasman de una manera indelebre en el libro de nuestra vida.
Mi abuela
Llovía con fuerza en la calle. El goteo continuo de la lluvia era lo único que alteraba ese silencio sepulcral y tranquilidad tan buscada que sólo la noche proporciona. Todos dormían, pero ella era incapaz. Se refugiaba en su cama, como un pequeño animal en su guarida, mientras el frío permanecía en todas las partes de su cuerpo a pesar de las mantas y el calor del hogar. No sabía bien qué motivo la había empujado a escribir, pero sabía que aquel momento era único para dar el salto y purificarse a través de la escritura. Llevaba tiempo buscando excusas, motivos o situaciones para empezar, pero no era capaz. Sin embargo, encogida de frío, con las manos temblorosas, y gélidas, se levantó de la cama, se calzó las zapatillas, sacó el portátil y vio cómo un torrencial de letras salía a un ritmo vertiginoso de sus dedos. Su abuela. Ese era el motivo principal. Había fallecido hacía unos meses y el miedo a perder su recuerdo, a olvidar detalles fundamentales de su forma de ser, de su semblante, le entristecía.
Conservaba de ella grandes recuerdos, enseñanzas magistrales y un ejemplo de vida que sabía jamás llegaría a superar. No quería perderlo y de una manera inexplicable vio en la escritura una manera de fijar para siempre su recuerdo.
Se sentó a los pies de su escritorio, un antiguo mueble de madera, herencia familiar. Era tal la pasión que sentía que no tuvo tiempo ni de sentarse a la mesa como es habitual y con las piernas cruzadas empezó a desahogarse. El ritmo frenético de la escritura, el repique de los dedos con las teclas, se acompasaba con un leve pero continuo movimiento de sus pies, que jugaban con las asas de un viejo bolso. Por un momento, fijó la vista en ese bolso negro de cocodrilo, que un día perteneció a su abuela, y dejó libre a su imaginación y a sus recuerdos…
Todos los días se levantaba sonriendo, su sonrisa cubría todo su rostro, lleno de vida, a pesar de la decrepitud y de las arrugas que recorrían su cara. Aquella noche no había podido dormir bien. Como bien dicen los ancianos cuando perciben que va a llegar su hora se pasan las noches en vigilia, en estado de duermevela, haciendo repaso a su vida y conteniendo sus miedos. Yo sabía que mi abuela tenía miedo a la muerte y que era consciente más que nadie de que se acercaba su día. Sin embargo, jamás habló abiertamente de lo que para ella significaba, contuvo sus sentimientos hasta el final, y jamás perdió las formas. Aquel día, cuando le di el último beso, supe que jamás volvería a verla, y con apenas un hilo de voz que no pude reconocer le dije adiós. Pero lo que no sabía es el peso de la muerte que cae como una losa encima de tu espíritu, lo duro de la despedida, su crueldad y lo difícil de continuar una vida sin ella. A veces aún cuando hablo con mi madre por teléfono me asaltan comentarios que contengo, en los que le preguntaría por mi abuela, por cualquier detalle insignificante que formaba parte de su rutina como si aquel trágico día 30 de agosto, jamás hubiera existido y fuera todo un mal sueño. Pero ella ya no está. Y por desgracia esa es la realidad.
Si algo he de recordar de mi abuela y rezo y rezo para que jamás se me olvide es la transparencia de su espíritu, la bondad llevada a su máxima expresión. Y es que así era ella, buena, buena de corazón, visto desde la razón o desde los sentimientos más irracionales. Ahora me pregunto qué duro tuvo que ser para ella ver a una familia rota, la muerte de su primogénito, unos hijos enfrentados cuyos hijos crecieron en el odio más absoluto, y una hija que se debatía entre la obligación del sentimiento del deber y lo injusto, a veces, del espíritu de sacrificio. Y mientras, yo en el medio, como un mero espectador viendo cómo se le iba escurriendo la vida como si fuera arena que se va cayendo de las manos y, sin embargo, paralizada, sin hacer nada, egoístamente centrada en mi vida. Y aún me pregunto qué podría haber hecho para disfrutar más de ella, qué cosas me podría haber enseñado, lo que me he perdido. Me cuesta perdonarme el poco tiempo que pasé con ella y desperdicié en otras cosas, cosas que ahora me parecen absurdas y banales. Pero entre tanto malestar y tristeza, parece que la muerte tiene algo de positivo y es que te obliga a replantearte las latitudes de tu vida, a organizarte y priorizar, y como si de una clarividencia extraña se tratara te hace ser mejor persona.
Por eso, ahora cuando me levanto cada mañana procuro pensar en ella y me propongo actuar como ella actuaba, sin molestar, siendo buena y sin dar problemas a los demás. Y cuando cae la noche y acompaño a mis hijos a dormir, no dejo que se les olvide mandar un beso a su bisa, pero un beso grande, de los buenos, que sube hasta ese cielo en el que estoy segura que está.
Otras veces en momentos de bajón, me aferro a sus recuerdos y me invade la tristeza más absoluta. Nadie sabe que no he podido volver a utilizar el mantel de margaritas que un día ella bordó y que siempre he utilizado en las cenas y comidas importantes de mi terraza. Tampoco puedo pararme a ver el escaparate de las tiendas de lanas donde desde el ventanal solía observar a mujeres en corro concentradas en hacer punto y ganchillo. Qué pena saber que ya mi abuela no me va poder hacer los puntos iniciales para poder practicar el punto bobo. O lo mal que lo paso cuando veo la caja de la labor, aquella que está medio rota y que mi abuela mandó copiar de una original, que tenía su amiga Pura. No quiero que se me borren los recuerdos, quiero mantener vivo cada uno de los detalles que han marcado mi vida. A través de los objetos doy forma a mis recuerdos, por eso aunque sentirlos, tocarlos o verlos me producen nostalgia y mucha pena, también me sirven. Por eso, hago recuento y ordeno situaciones, recuerdos que me transportan a mi infancia y que me hacen volver a sentir sensaciones, a experimentar emociones. Como la dulzura al vestir al niño Jesús que sigue presidiendo la entrada de la casa de mis padres, el sabor de los macarrones excesivamente cocidos, o la yema y la clara a punto de nieve con azúcar. Y eso sin olvidar la sensación de tumbarte en un colchón de lana, los platos de dúrales, la última habitación o las conversaciones con las monjas y las internas del colegio de enfrente con mi hermana. Pero aún a pesar de todo, estos recuerdos entrañables no suplen su ausencia y la pena es no poder compartirlos con ella. Sentarme a su lado a escuchar, las viejas historias en las que reconozco que a veces desconectaba sobre sus hermanos, familiares y parientes lejanos. Otras me cautivaban por completo y me trasladaban a su mundo, y así puedo imaginármela en las inmediaciones del pueblo con su sombrilla y vestida de pitiminí, o con sus amigas camino de Espinosa para comprar hilos y lanas para tejer. Una parte es ficción y otra leyenda, que se teje y entreteje con recuerdos e imágenes, anécdotas escuchadas o contadas por otros, pero que para mí es tan real que puedo asegurar que casi he sido testigo.
Y es que ella es más grande de lo que pensaba. Fue sufridora, cómplice de mis travesuras, supo guardar secretos, sin perder la sonrisa, sin decirte nunca cómo tenías que hacer las cosas, dándote libertad, porque en el fondo creo que ella sabía que el mejor legado que nos podía dar era su ejemplo de vida. Y aún cuando hago repaso a su persona, me asalta mi abuelo, al que apenas conocí, pero del que lentamente, con el paso de los años, he forjado una idea y le he atribuido una manera de ser que sigue encandilándome. Me gusta pararme a pensar en su relación, en su historia, en la manera de relacionarse con sus respectivas familias, en la solidez de su matrimonio, siempre poniendo a sus hijos y a su marido por encima de cualquier otra cosa. Y yo quiero hacer lo mismo, y me acuerdo de cuándo decía cuando nos veía que nos íbamos de viaje los cuatro: “Esther, tú como yo, siempre feliz de viajar con escolta”. O cuando contaba el disgusto tan serio que tuvo con mi abuelo, por haber prestado la casa del pinar a unos amigos y haber dormido en su cama...
Ella era buena. Y ahora me doy cuenta y entiendo su manera de actuar cuando en otros momentos le hubiera echado en cara su absurda dulzura, su mano blanda, su incapacidad para poner a cada uno en su sitio. Le hubiera recriminado su comportamiento con mi madre, enclaustrada en una vida a su cuidado, su debilidad por otros primos y me doy cuenta de lo ciega que estaba, del poder que tienen para empañar la verdad los sentimientos más primitivos, los celos, la impotencia, la envidia. Pero ahora sé que fue ella quien me enseñó que más allá del arrebato se esconde la verdad, la VERDAD. Basta con escarbar. Yo nunca tuve ojos para llegar a ver eso, pero ella así. Así que ahora trato de mirar con sus ojos. Con los de mi abuela.
Conservaba de ella grandes recuerdos, enseñanzas magistrales y un ejemplo de vida que sabía jamás llegaría a superar. No quería perderlo y de una manera inexplicable vio en la escritura una manera de fijar para siempre su recuerdo.
Se sentó a los pies de su escritorio, un antiguo mueble de madera, herencia familiar. Era tal la pasión que sentía que no tuvo tiempo ni de sentarse a la mesa como es habitual y con las piernas cruzadas empezó a desahogarse. El ritmo frenético de la escritura, el repique de los dedos con las teclas, se acompasaba con un leve pero continuo movimiento de sus pies, que jugaban con las asas de un viejo bolso. Por un momento, fijó la vista en ese bolso negro de cocodrilo, que un día perteneció a su abuela, y dejó libre a su imaginación y a sus recuerdos…
Todos los días se levantaba sonriendo, su sonrisa cubría todo su rostro, lleno de vida, a pesar de la decrepitud y de las arrugas que recorrían su cara. Aquella noche no había podido dormir bien. Como bien dicen los ancianos cuando perciben que va a llegar su hora se pasan las noches en vigilia, en estado de duermevela, haciendo repaso a su vida y conteniendo sus miedos. Yo sabía que mi abuela tenía miedo a la muerte y que era consciente más que nadie de que se acercaba su día. Sin embargo, jamás habló abiertamente de lo que para ella significaba, contuvo sus sentimientos hasta el final, y jamás perdió las formas. Aquel día, cuando le di el último beso, supe que jamás volvería a verla, y con apenas un hilo de voz que no pude reconocer le dije adiós. Pero lo que no sabía es el peso de la muerte que cae como una losa encima de tu espíritu, lo duro de la despedida, su crueldad y lo difícil de continuar una vida sin ella. A veces aún cuando hablo con mi madre por teléfono me asaltan comentarios que contengo, en los que le preguntaría por mi abuela, por cualquier detalle insignificante que formaba parte de su rutina como si aquel trágico día 30 de agosto, jamás hubiera existido y fuera todo un mal sueño. Pero ella ya no está. Y por desgracia esa es la realidad.
Si algo he de recordar de mi abuela y rezo y rezo para que jamás se me olvide es la transparencia de su espíritu, la bondad llevada a su máxima expresión. Y es que así era ella, buena, buena de corazón, visto desde la razón o desde los sentimientos más irracionales. Ahora me pregunto qué duro tuvo que ser para ella ver a una familia rota, la muerte de su primogénito, unos hijos enfrentados cuyos hijos crecieron en el odio más absoluto, y una hija que se debatía entre la obligación del sentimiento del deber y lo injusto, a veces, del espíritu de sacrificio. Y mientras, yo en el medio, como un mero espectador viendo cómo se le iba escurriendo la vida como si fuera arena que se va cayendo de las manos y, sin embargo, paralizada, sin hacer nada, egoístamente centrada en mi vida. Y aún me pregunto qué podría haber hecho para disfrutar más de ella, qué cosas me podría haber enseñado, lo que me he perdido. Me cuesta perdonarme el poco tiempo que pasé con ella y desperdicié en otras cosas, cosas que ahora me parecen absurdas y banales. Pero entre tanto malestar y tristeza, parece que la muerte tiene algo de positivo y es que te obliga a replantearte las latitudes de tu vida, a organizarte y priorizar, y como si de una clarividencia extraña se tratara te hace ser mejor persona.
Por eso, ahora cuando me levanto cada mañana procuro pensar en ella y me propongo actuar como ella actuaba, sin molestar, siendo buena y sin dar problemas a los demás. Y cuando cae la noche y acompaño a mis hijos a dormir, no dejo que se les olvide mandar un beso a su bisa, pero un beso grande, de los buenos, que sube hasta ese cielo en el que estoy segura que está.
Otras veces en momentos de bajón, me aferro a sus recuerdos y me invade la tristeza más absoluta. Nadie sabe que no he podido volver a utilizar el mantel de margaritas que un día ella bordó y que siempre he utilizado en las cenas y comidas importantes de mi terraza. Tampoco puedo pararme a ver el escaparate de las tiendas de lanas donde desde el ventanal solía observar a mujeres en corro concentradas en hacer punto y ganchillo. Qué pena saber que ya mi abuela no me va poder hacer los puntos iniciales para poder practicar el punto bobo. O lo mal que lo paso cuando veo la caja de la labor, aquella que está medio rota y que mi abuela mandó copiar de una original, que tenía su amiga Pura. No quiero que se me borren los recuerdos, quiero mantener vivo cada uno de los detalles que han marcado mi vida. A través de los objetos doy forma a mis recuerdos, por eso aunque sentirlos, tocarlos o verlos me producen nostalgia y mucha pena, también me sirven. Por eso, hago recuento y ordeno situaciones, recuerdos que me transportan a mi infancia y que me hacen volver a sentir sensaciones, a experimentar emociones. Como la dulzura al vestir al niño Jesús que sigue presidiendo la entrada de la casa de mis padres, el sabor de los macarrones excesivamente cocidos, o la yema y la clara a punto de nieve con azúcar. Y eso sin olvidar la sensación de tumbarte en un colchón de lana, los platos de dúrales, la última habitación o las conversaciones con las monjas y las internas del colegio de enfrente con mi hermana. Pero aún a pesar de todo, estos recuerdos entrañables no suplen su ausencia y la pena es no poder compartirlos con ella. Sentarme a su lado a escuchar, las viejas historias en las que reconozco que a veces desconectaba sobre sus hermanos, familiares y parientes lejanos. Otras me cautivaban por completo y me trasladaban a su mundo, y así puedo imaginármela en las inmediaciones del pueblo con su sombrilla y vestida de pitiminí, o con sus amigas camino de Espinosa para comprar hilos y lanas para tejer. Una parte es ficción y otra leyenda, que se teje y entreteje con recuerdos e imágenes, anécdotas escuchadas o contadas por otros, pero que para mí es tan real que puedo asegurar que casi he sido testigo.
Y es que ella es más grande de lo que pensaba. Fue sufridora, cómplice de mis travesuras, supo guardar secretos, sin perder la sonrisa, sin decirte nunca cómo tenías que hacer las cosas, dándote libertad, porque en el fondo creo que ella sabía que el mejor legado que nos podía dar era su ejemplo de vida. Y aún cuando hago repaso a su persona, me asalta mi abuelo, al que apenas conocí, pero del que lentamente, con el paso de los años, he forjado una idea y le he atribuido una manera de ser que sigue encandilándome. Me gusta pararme a pensar en su relación, en su historia, en la manera de relacionarse con sus respectivas familias, en la solidez de su matrimonio, siempre poniendo a sus hijos y a su marido por encima de cualquier otra cosa. Y yo quiero hacer lo mismo, y me acuerdo de cuándo decía cuando nos veía que nos íbamos de viaje los cuatro: “Esther, tú como yo, siempre feliz de viajar con escolta”. O cuando contaba el disgusto tan serio que tuvo con mi abuelo, por haber prestado la casa del pinar a unos amigos y haber dormido en su cama...
Ella era buena. Y ahora me doy cuenta y entiendo su manera de actuar cuando en otros momentos le hubiera echado en cara su absurda dulzura, su mano blanda, su incapacidad para poner a cada uno en su sitio. Le hubiera recriminado su comportamiento con mi madre, enclaustrada en una vida a su cuidado, su debilidad por otros primos y me doy cuenta de lo ciega que estaba, del poder que tienen para empañar la verdad los sentimientos más primitivos, los celos, la impotencia, la envidia. Pero ahora sé que fue ella quien me enseñó que más allá del arrebato se esconde la verdad, la VERDAD. Basta con escarbar. Yo nunca tuve ojos para llegar a ver eso, pero ella así. Así que ahora trato de mirar con sus ojos. Con los de mi abuela.
miércoles, 12 de noviembre de 2008
No doy crédito a la fuerza de esta nueva fórmula de comunicación. En mi opinión, la red social más dinámica del momento y su fundador un tal Mark Zuckerberg, un yogurín de 23 añitos. El caso, es que lo quieras o no, algo te obliga a estar en facebook. Probablemente, existan miles de anécdotas y curiosidades más importantes que la que os voy a contar. Pero a mi ésta, por ser mía, me hace gracia.
Tenemos un amigo cuyo hermano es nuestro vecino. Es una persona correcta, excesivamente seria pero, como diría mi padre, de buena pasta (no de dinero, sino de calidad). Miguel y yo nos llevamos fenomenal con su mujer. Una persona simpática, cariñosa y encantadora, con la que coincidimos cuando llevamos a los niños al colegio. Siempre en encuentros rápidos hablamos de tomar café, charlar con calma, olvidándonos de las prisas pero no nunca lo conseguimos. Nuestras breves conversaciones nunca salen del frío que hace, lo mucho que han crecido los niños y la búsqueda de cuidadora, un tema recurrente. Sin embargo, la semana pasada algo cambió al recibir una invitación a través del facebook de nuestra vecina. Y de muro a muro empezamos a hablarnos y escribirnos; a pesar de que nos separan seis plantas y un minuto en ascensor. Total, lo que iba a ser un café se convirtió en comida y terminamos comiendo las dos juntas hablando de lo divino y de lo humano. Hicimos buenas migas y en breve repetiremos. ¿No es curioso?
Tenemos un amigo cuyo hermano es nuestro vecino. Es una persona correcta, excesivamente seria pero, como diría mi padre, de buena pasta (no de dinero, sino de calidad). Miguel y yo nos llevamos fenomenal con su mujer. Una persona simpática, cariñosa y encantadora, con la que coincidimos cuando llevamos a los niños al colegio. Siempre en encuentros rápidos hablamos de tomar café, charlar con calma, olvidándonos de las prisas pero no nunca lo conseguimos. Nuestras breves conversaciones nunca salen del frío que hace, lo mucho que han crecido los niños y la búsqueda de cuidadora, un tema recurrente. Sin embargo, la semana pasada algo cambió al recibir una invitación a través del facebook de nuestra vecina. Y de muro a muro empezamos a hablarnos y escribirnos; a pesar de que nos separan seis plantas y un minuto en ascensor. Total, lo que iba a ser un café se convirtió en comida y terminamos comiendo las dos juntas hablando de lo divino y de lo humano. Hicimos buenas migas y en breve repetiremos. ¿No es curioso?
martes, 11 de noviembre de 2008
LAS CASAS
No sé por qué, pero de repente un día tienes la impresión de que si no consigues una casa determinada, toda tu vida se viene abajo. Y al día siguiente, no te imaginas ni siquiera por qué se te ha ocurrido. Aunque muchas veces, una persona ve una casa, se enamora, se la compra, se hipoteca, se muda y se queda allí para siempre hasta que se muere. Otras, en cambio, viven como nómadas, sin apego a las cosas, más centradas en el día a día que con ganas de sentar raíces. Yo no quiero estar en un extremo ni en el otro. Como buena española, soy de la opinión que pagando una hipoteca toda tu vida, siempre tendrás patrimonio para tus hijos, pero este argumento aunque lo defiendo a raja tabla no me lo termino de creer. Por qué no vivir de alquiler, invertir en bolsa, en arte o en joyas... en definitiva, arriesgar. Debería no importar si una casa es propia o ajena, si la sientes como tuya y la conviertes en tu hogar.
Yo quiero hacer un ejercicio de crítica y estar contenta con lo que tengo y con el esfuerzo que me cuesta conseguir la casa donde vivo y siento mi hogar. Estoy harta de montarme películas y pájaros en la cabeza, analizando si tengo la casa que necesitamos o no, si vivimos en un barrio bueno o si sería más adecuado vivir en mundorrotonda, donde todas las familias aparentemente son iguales y la única diferencia es el coche de su padre, el bolso de su madre o si se ha puesto bótox o no.
Desde luego que me encantan los coches caros, las casas grandes y espaciosas, ver gente feliz y los bolsos de loewe. tampoco quiero envejecer como una rata y no descarto ciertos arreglos y retoques cuando me llegue el momento si me lo puedo permitir. Pero me gusta Chamberí y la diversidad de gente. Me gusta que mis hijos tengan vecinas octogenarias, venidas a menos; de esas que piensan que viven en casoplones con portales representativos; que ven a los porteros como los guardianes de sus fortunas; que miran de reojo y se fijan en tus zapatos; viudos y viudas que sustituyen el cariño de sus hijos con perruchos; familias enteras que no sabes muy bien por qué, pero que te dan pereza... y en medio de todos, nosotros.
Y es que hay que ser positivo y valorar lo que se tiene. Nada es mejor ni peor, sino distinto. Y las elecciones siempre son renuncias. Así que aplaudo nuestra elección. Al menos de momento. El hecho de que los niños vayan andando al colegio. La posibilidad de en diez minutos darte un paseo agradable y plantarte en la Gran Vía. Poder bajar al mercado, saludar a vecinos y tenderos y quedarte sin tabaco y no tener que coger el coche para ir al bar más cercano.
Creo que cuando cierro la puerta de mi casa, encuentro mi refugio, no es ni grande ni pequeña, ni fea ni bonita, pero es mi casa y es ahí donde las paredes, los muebles, el suelo, las cosas, van respirando nuestra vida, lo que sentimos, lo que dejamos de sentir, nuestras preocupaciones, nuestras alegrías, nuestras penas. Por eso sé que si algún día nos vamos de esta casa y de este barrio, dejaré mucho más que una casa, un trozo de vida. Lo bueno o lo malo es que el euribor sigue subiendo y no estamos para pasar el rato mirando en idealista.
Yo quiero hacer un ejercicio de crítica y estar contenta con lo que tengo y con el esfuerzo que me cuesta conseguir la casa donde vivo y siento mi hogar. Estoy harta de montarme películas y pájaros en la cabeza, analizando si tengo la casa que necesitamos o no, si vivimos en un barrio bueno o si sería más adecuado vivir en mundorrotonda, donde todas las familias aparentemente son iguales y la única diferencia es el coche de su padre, el bolso de su madre o si se ha puesto bótox o no.
Desde luego que me encantan los coches caros, las casas grandes y espaciosas, ver gente feliz y los bolsos de loewe. tampoco quiero envejecer como una rata y no descarto ciertos arreglos y retoques cuando me llegue el momento si me lo puedo permitir. Pero me gusta Chamberí y la diversidad de gente. Me gusta que mis hijos tengan vecinas octogenarias, venidas a menos; de esas que piensan que viven en casoplones con portales representativos; que ven a los porteros como los guardianes de sus fortunas; que miran de reojo y se fijan en tus zapatos; viudos y viudas que sustituyen el cariño de sus hijos con perruchos; familias enteras que no sabes muy bien por qué, pero que te dan pereza... y en medio de todos, nosotros.
Y es que hay que ser positivo y valorar lo que se tiene. Nada es mejor ni peor, sino distinto. Y las elecciones siempre son renuncias. Así que aplaudo nuestra elección. Al menos de momento. El hecho de que los niños vayan andando al colegio. La posibilidad de en diez minutos darte un paseo agradable y plantarte en la Gran Vía. Poder bajar al mercado, saludar a vecinos y tenderos y quedarte sin tabaco y no tener que coger el coche para ir al bar más cercano.
Creo que cuando cierro la puerta de mi casa, encuentro mi refugio, no es ni grande ni pequeña, ni fea ni bonita, pero es mi casa y es ahí donde las paredes, los muebles, el suelo, las cosas, van respirando nuestra vida, lo que sentimos, lo que dejamos de sentir, nuestras preocupaciones, nuestras alegrías, nuestras penas. Por eso sé que si algún día nos vamos de esta casa y de este barrio, dejaré mucho más que una casa, un trozo de vida. Lo bueno o lo malo es que el euribor sigue subiendo y no estamos para pasar el rato mirando en idealista.
sábado, 8 de noviembre de 2008
SANIDAD PUBLICA
Los españoles de a pie no somos conscientes de la fortaleza del sistema nacional de salud que disfrutamos.
A menudo me pregunto qué sería de nosotros si viviéramos en otros países y tuviéramos que afrontar un seguro médico privado de 1.500 dólares para tener cubiertas las espaldas y la hipoteca ante una enfermedad. Sin embargo, es realmente asfixiante y deprimente el ambiente que se respira en los grandes hospitales. Ayer estuve en urgencias. Mi centro de salud, que es donde me acerco diariamente a hacerme las curas, me derivó al Clínico para que me trataran la quemadura en la unidad de quemados.
Personas mayores vestidas con batas de guatiné y zapatillas, camillas en los pasillos con pacientes cenando con aspecto desaliñado, parejas de inmigrantes, madres desesperadas con niños en brazos pálidos, personas enfermizas y solas y, sobre todo, gente con muy mala educación. No puedo entender que un hospital sea un centro de conflictos. No soporto la falta de paciencia de la gente, protestando a cada enfermera, adolescentes dándose más que besos en las salas de espera, discusiones familiares escandalosas... y en medio, como meros espectadores, Sonia y yo, que tuve la suerte de que me acompañara. La gente debería disfrutar más del silencio, de las buenas formas, y de las ventajas de la buena educación. Con calma y sosiego, los problemas se solucionan mejor. El hospital parecía un mercado en plena ebullición el día de Nochebuena, o una gran cola ante las rebajas de El Corte Inglés en enero.
Tengo dudas de si mi familia y yo debemos mantener el seguro privado, pero en casos como éste, aunque se me tache de frívola, pija o elitista, prefiero mantenerlo.
A menudo me pregunto qué sería de nosotros si viviéramos en otros países y tuviéramos que afrontar un seguro médico privado de 1.500 dólares para tener cubiertas las espaldas y la hipoteca ante una enfermedad. Sin embargo, es realmente asfixiante y deprimente el ambiente que se respira en los grandes hospitales. Ayer estuve en urgencias. Mi centro de salud, que es donde me acerco diariamente a hacerme las curas, me derivó al Clínico para que me trataran la quemadura en la unidad de quemados.
Personas mayores vestidas con batas de guatiné y zapatillas, camillas en los pasillos con pacientes cenando con aspecto desaliñado, parejas de inmigrantes, madres desesperadas con niños en brazos pálidos, personas enfermizas y solas y, sobre todo, gente con muy mala educación. No puedo entender que un hospital sea un centro de conflictos. No soporto la falta de paciencia de la gente, protestando a cada enfermera, adolescentes dándose más que besos en las salas de espera, discusiones familiares escandalosas... y en medio, como meros espectadores, Sonia y yo, que tuve la suerte de que me acompañara. La gente debería disfrutar más del silencio, de las buenas formas, y de las ventajas de la buena educación. Con calma y sosiego, los problemas se solucionan mejor. El hospital parecía un mercado en plena ebullición el día de Nochebuena, o una gran cola ante las rebajas de El Corte Inglés en enero.
Tengo dudas de si mi familia y yo debemos mantener el seguro privado, pero en casos como éste, aunque se me tache de frívola, pija o elitista, prefiero mantenerlo.
viernes, 7 de noviembre de 2008
Olla expres asesina
Como en la prensa diaria, la actualidad manda. Y no puedo empezar a escribir
en este blog sin contaros mi (mala) experiencia con una olla exprés. Lo primero deciros que tengáis muchísimo cuidado.
Son armas de doble filo. Son maravillosas porque te sacan de un aprieto en cinco minutos, pero todas las medidas son pocas
y es fundamental usarlas correctamente. Y no como hice yo.
Os escribo desde la cama, tomando antibióticos y calmantes desde hace cuatro días, con la mano izquierda vendada y con una faja alrededor de la tripa. No os quiero ni contar lo mal que se pasa, lo que escuecen las quemaduras y el dolor tan intenso que se siente. Sobre todo en las curas. Y os habla una chicarrona del norte, una forzuda y bestia de la vida, no por mérito propio sino por genes, porque mi umbral del dolor es mucho más alto que el de la media española.
Y aún así, esto resulta insoportable. No puedo dejar de pensar en la unidad de quemados de los hospitales, de la gente que salió abrasada del avión que se estrelló en barajas en agosto, de los supervivientes de incendios, explosiones, de los atentados... ¡pobre gente! El misterio de la vida es que hasta que no vives en primera persona algo parecido eres incapaz de hacerte a la idea, de ponerte en la piel de esas personas.
Al dolor se une mi falta de paciencia y este tipo de heridas exigen su tiempo, un largo proceso de curación, regeneración de la piel... Así que quiero ser positiva, continuar con los efectos de estos medicamentos maravillosos que te dejan cao, y hacer en lo posible mi vida normal. No tengo más remedio que estar pendiente de mi trabajo, de mis jefes y de mis clientes, pero a otro ritmo. Quiero disfrutar de no madrugar, de estar en casa, de poder levantarme y tomarme una tostada a media mañana, y conseguir que baje la torre de libros acumulados que tengo en mi mesilla de noche.
en este blog sin contaros mi (mala) experiencia con una olla exprés. Lo primero deciros que tengáis muchísimo cuidado.
Son armas de doble filo. Son maravillosas porque te sacan de un aprieto en cinco minutos, pero todas las medidas son pocas
y es fundamental usarlas correctamente. Y no como hice yo.
Os escribo desde la cama, tomando antibióticos y calmantes desde hace cuatro días, con la mano izquierda vendada y con una faja alrededor de la tripa. No os quiero ni contar lo mal que se pasa, lo que escuecen las quemaduras y el dolor tan intenso que se siente. Sobre todo en las curas. Y os habla una chicarrona del norte, una forzuda y bestia de la vida, no por mérito propio sino por genes, porque mi umbral del dolor es mucho más alto que el de la media española.
Y aún así, esto resulta insoportable. No puedo dejar de pensar en la unidad de quemados de los hospitales, de la gente que salió abrasada del avión que se estrelló en barajas en agosto, de los supervivientes de incendios, explosiones, de los atentados... ¡pobre gente! El misterio de la vida es que hasta que no vives en primera persona algo parecido eres incapaz de hacerte a la idea, de ponerte en la piel de esas personas.
Al dolor se une mi falta de paciencia y este tipo de heridas exigen su tiempo, un largo proceso de curación, regeneración de la piel... Así que quiero ser positiva, continuar con los efectos de estos medicamentos maravillosos que te dejan cao, y hacer en lo posible mi vida normal. No tengo más remedio que estar pendiente de mi trabajo, de mis jefes y de mis clientes, pero a otro ritmo. Quiero disfrutar de no madrugar, de estar en casa, de poder levantarme y tomarme una tostada a media mañana, y conseguir que baje la torre de libros acumulados que tengo en mi mesilla de noche.
Tejedora de sueños
Nunca he sido buena en el orden y la organización. Y sin embargo, soy una persona que necesita ritmo, rutina y planificación en su día a día. He creado blogs, he escrito palabras, he subido fotos, pero mis carencias técnicas y mi falta de interés respecto a las herramientas informáticas han hecho que perdiera mis claves, en algún lugar muerto de la memoria, y haya tenido que presenciar la muerte de mi blog, "Entre dos aguas"... ¡Con lo que me gustaba! He probado de todo, he escrito al servicio técnico (hasta en inglés), he hecho todo tipo de combinaciones con mis claves para ver si la del banco o el pin del móvil me servirían pero no he conseguido nada.
Así que aprovechando mi convalecencia, quiero ser positiva y armarme de paciencia, os quiero dar la bienvenida a mi nuevo blog: tejedora de sueños. Es el momento de retomar esta afición por la escritura que desde siempre para mi ha sido la mejor terapia para ordenar mis ideas, estructurar mi mente, repasar objetivos y retos, tejer mis sueños y desahogar odios y pasiones.
Tal vez no tenga interés para muchos de vosotros, pero es una ventana abierta al mundo, un rincón para la gente a la que quiero y, como entre dos aguas, nace sin pretensiones.
¡Bienvenidos!
Así que aprovechando mi convalecencia, quiero ser positiva y armarme de paciencia, os quiero dar la bienvenida a mi nuevo blog: tejedora de sueños. Es el momento de retomar esta afición por la escritura que desde siempre para mi ha sido la mejor terapia para ordenar mis ideas, estructurar mi mente, repasar objetivos y retos, tejer mis sueños y desahogar odios y pasiones.
Tal vez no tenga interés para muchos de vosotros, pero es una ventana abierta al mundo, un rincón para la gente a la que quiero y, como entre dos aguas, nace sin pretensiones.
¡Bienvenidos!
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