No sé por qué, pero de repente un día tienes la impresión de que si no consigues una casa determinada, toda tu vida se viene abajo. Y al día siguiente, no te imaginas ni siquiera por qué se te ha ocurrido. Aunque muchas veces, una persona ve una casa, se enamora, se la compra, se hipoteca, se muda y se queda allí para siempre hasta que se muere. Otras, en cambio, viven como nómadas, sin apego a las cosas, más centradas en el día a día que con ganas de sentar raíces. Yo no quiero estar en un extremo ni en el otro. Como buena española, soy de la opinión que pagando una hipoteca toda tu vida, siempre tendrás patrimonio para tus hijos, pero este argumento aunque lo defiendo a raja tabla no me lo termino de creer. Por qué no vivir de alquiler, invertir en bolsa, en arte o en joyas... en definitiva, arriesgar. Debería no importar si una casa es propia o ajena, si la sientes como tuya y la conviertes en tu hogar.
Yo quiero hacer un ejercicio de crítica y estar contenta con lo que tengo y con el esfuerzo que me cuesta conseguir la casa donde vivo y siento mi hogar. Estoy harta de montarme películas y pájaros en la cabeza, analizando si tengo la casa que necesitamos o no, si vivimos en un barrio bueno o si sería más adecuado vivir en mundorrotonda, donde todas las familias aparentemente son iguales y la única diferencia es el coche de su padre, el bolso de su madre o si se ha puesto bótox o no.
Desde luego que me encantan los coches caros, las casas grandes y espaciosas, ver gente feliz y los bolsos de loewe. tampoco quiero envejecer como una rata y no descarto ciertos arreglos y retoques cuando me llegue el momento si me lo puedo permitir. Pero me gusta Chamberí y la diversidad de gente. Me gusta que mis hijos tengan vecinas octogenarias, venidas a menos; de esas que piensan que viven en casoplones con portales representativos; que ven a los porteros como los guardianes de sus fortunas; que miran de reojo y se fijan en tus zapatos; viudos y viudas que sustituyen el cariño de sus hijos con perruchos; familias enteras que no sabes muy bien por qué, pero que te dan pereza... y en medio de todos, nosotros.
Y es que hay que ser positivo y valorar lo que se tiene. Nada es mejor ni peor, sino distinto. Y las elecciones siempre son renuncias. Así que aplaudo nuestra elección. Al menos de momento. El hecho de que los niños vayan andando al colegio. La posibilidad de en diez minutos darte un paseo agradable y plantarte en la Gran Vía. Poder bajar al mercado, saludar a vecinos y tenderos y quedarte sin tabaco y no tener que coger el coche para ir al bar más cercano.
Creo que cuando cierro la puerta de mi casa, encuentro mi refugio, no es ni grande ni pequeña, ni fea ni bonita, pero es mi casa y es ahí donde las paredes, los muebles, el suelo, las cosas, van respirando nuestra vida, lo que sentimos, lo que dejamos de sentir, nuestras preocupaciones, nuestras alegrías, nuestras penas. Por eso sé que si algún día nos vamos de esta casa y de este barrio, dejaré mucho más que una casa, un trozo de vida. Lo bueno o lo malo es que el euribor sigue subiendo y no estamos para pasar el rato mirando en idealista.
martes, 11 de noviembre de 2008
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2 comentarios:
A mí también me gusta Chamberí, llevo 26 años viviendo en este barrio diverso, que no es ni Salamanca, ni Moncloa; que se asemeja a una ciudad de provincias. Con gente variada, en edad y condición, con un Almagro señorial y un Trafalgar decrépito y decadente.
A mí también me apetecería tener una casa más amplia y salir a mi porche y pasar las tardes en mi jardín. Pero tardo 25 minutos en llegar andando a mi trabajo y mis hijos van al cole en 10. Y salgo a tomar el aperitivo y a pasear sin que eso implique coger el coche o ver una autopista. Y voy a ver a mis padres, a la casa que fue de mis abuelos. No, yo no lo cambio. Por cierto Esther me encanta tu blog.
Yo ya me siento un poco de Chamberi... Ya he comprado en el mercado, he ido a misa en García Pareces, he ido de tiendas pero, sobre todo, he estado en tu casa. Ésa de la que hablas y que has conseguido transformar en un hogar extremadamente acogedor. Se respira calor, vida, paz, armonía. Huele a ti y a Miguel.
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