Llovía con fuerza en la calle. El goteo continuo de la lluvia era lo único que alteraba ese silencio sepulcral y tranquilidad tan buscada que sólo la noche proporciona. Todos dormían, pero ella era incapaz. Se refugiaba en su cama, como un pequeño animal en su guarida, mientras el frío permanecía en todas las partes de su cuerpo a pesar de las mantas y el calor del hogar. No sabía bien qué motivo la había empujado a escribir, pero sabía que aquel momento era único para dar el salto y purificarse a través de la escritura. Llevaba tiempo buscando excusas, motivos o situaciones para empezar, pero no era capaz. Sin embargo, encogida de frío, con las manos temblorosas, y gélidas, se levantó de la cama, se calzó las zapatillas, sacó el portátil y vio cómo un torrencial de letras salía a un ritmo vertiginoso de sus dedos. Su abuela. Ese era el motivo principal. Había fallecido hacía unos meses y el miedo a perder su recuerdo, a olvidar detalles fundamentales de su forma de ser, de su semblante, le entristecía.
Conservaba de ella grandes recuerdos, enseñanzas magistrales y un ejemplo de vida que sabía jamás llegaría a superar. No quería perderlo y de una manera inexplicable vio en la escritura una manera de fijar para siempre su recuerdo.
Se sentó a los pies de su escritorio, un antiguo mueble de madera, herencia familiar. Era tal la pasión que sentía que no tuvo tiempo ni de sentarse a la mesa como es habitual y con las piernas cruzadas empezó a desahogarse. El ritmo frenético de la escritura, el repique de los dedos con las teclas, se acompasaba con un leve pero continuo movimiento de sus pies, que jugaban con las asas de un viejo bolso. Por un momento, fijó la vista en ese bolso negro de cocodrilo, que un día perteneció a su abuela, y dejó libre a su imaginación y a sus recuerdos…
Todos los días se levantaba sonriendo, su sonrisa cubría todo su rostro, lleno de vida, a pesar de la decrepitud y de las arrugas que recorrían su cara. Aquella noche no había podido dormir bien. Como bien dicen los ancianos cuando perciben que va a llegar su hora se pasan las noches en vigilia, en estado de duermevela, haciendo repaso a su vida y conteniendo sus miedos. Yo sabía que mi abuela tenía miedo a la muerte y que era consciente más que nadie de que se acercaba su día. Sin embargo, jamás habló abiertamente de lo que para ella significaba, contuvo sus sentimientos hasta el final, y jamás perdió las formas. Aquel día, cuando le di el último beso, supe que jamás volvería a verla, y con apenas un hilo de voz que no pude reconocer le dije adiós. Pero lo que no sabía es el peso de la muerte que cae como una losa encima de tu espíritu, lo duro de la despedida, su crueldad y lo difícil de continuar una vida sin ella. A veces aún cuando hablo con mi madre por teléfono me asaltan comentarios que contengo, en los que le preguntaría por mi abuela, por cualquier detalle insignificante que formaba parte de su rutina como si aquel trágico día 30 de agosto, jamás hubiera existido y fuera todo un mal sueño. Pero ella ya no está. Y por desgracia esa es la realidad.
Si algo he de recordar de mi abuela y rezo y rezo para que jamás se me olvide es la transparencia de su espíritu, la bondad llevada a su máxima expresión. Y es que así era ella, buena, buena de corazón, visto desde la razón o desde los sentimientos más irracionales. Ahora me pregunto qué duro tuvo que ser para ella ver a una familia rota, la muerte de su primogénito, unos hijos enfrentados cuyos hijos crecieron en el odio más absoluto, y una hija que se debatía entre la obligación del sentimiento del deber y lo injusto, a veces, del espíritu de sacrificio. Y mientras, yo en el medio, como un mero espectador viendo cómo se le iba escurriendo la vida como si fuera arena que se va cayendo de las manos y, sin embargo, paralizada, sin hacer nada, egoístamente centrada en mi vida. Y aún me pregunto qué podría haber hecho para disfrutar más de ella, qué cosas me podría haber enseñado, lo que me he perdido. Me cuesta perdonarme el poco tiempo que pasé con ella y desperdicié en otras cosas, cosas que ahora me parecen absurdas y banales. Pero entre tanto malestar y tristeza, parece que la muerte tiene algo de positivo y es que te obliga a replantearte las latitudes de tu vida, a organizarte y priorizar, y como si de una clarividencia extraña se tratara te hace ser mejor persona.
Por eso, ahora cuando me levanto cada mañana procuro pensar en ella y me propongo actuar como ella actuaba, sin molestar, siendo buena y sin dar problemas a los demás. Y cuando cae la noche y acompaño a mis hijos a dormir, no dejo que se les olvide mandar un beso a su bisa, pero un beso grande, de los buenos, que sube hasta ese cielo en el que estoy segura que está.
Otras veces en momentos de bajón, me aferro a sus recuerdos y me invade la tristeza más absoluta. Nadie sabe que no he podido volver a utilizar el mantel de margaritas que un día ella bordó y que siempre he utilizado en las cenas y comidas importantes de mi terraza. Tampoco puedo pararme a ver el escaparate de las tiendas de lanas donde desde el ventanal solía observar a mujeres en corro concentradas en hacer punto y ganchillo. Qué pena saber que ya mi abuela no me va poder hacer los puntos iniciales para poder practicar el punto bobo. O lo mal que lo paso cuando veo la caja de la labor, aquella que está medio rota y que mi abuela mandó copiar de una original, que tenía su amiga Pura. No quiero que se me borren los recuerdos, quiero mantener vivo cada uno de los detalles que han marcado mi vida. A través de los objetos doy forma a mis recuerdos, por eso aunque sentirlos, tocarlos o verlos me producen nostalgia y mucha pena, también me sirven. Por eso, hago recuento y ordeno situaciones, recuerdos que me transportan a mi infancia y que me hacen volver a sentir sensaciones, a experimentar emociones. Como la dulzura al vestir al niño Jesús que sigue presidiendo la entrada de la casa de mis padres, el sabor de los macarrones excesivamente cocidos, o la yema y la clara a punto de nieve con azúcar. Y eso sin olvidar la sensación de tumbarte en un colchón de lana, los platos de dúrales, la última habitación o las conversaciones con las monjas y las internas del colegio de enfrente con mi hermana. Pero aún a pesar de todo, estos recuerdos entrañables no suplen su ausencia y la pena es no poder compartirlos con ella. Sentarme a su lado a escuchar, las viejas historias en las que reconozco que a veces desconectaba sobre sus hermanos, familiares y parientes lejanos. Otras me cautivaban por completo y me trasladaban a su mundo, y así puedo imaginármela en las inmediaciones del pueblo con su sombrilla y vestida de pitiminí, o con sus amigas camino de Espinosa para comprar hilos y lanas para tejer. Una parte es ficción y otra leyenda, que se teje y entreteje con recuerdos e imágenes, anécdotas escuchadas o contadas por otros, pero que para mí es tan real que puedo asegurar que casi he sido testigo.
Y es que ella es más grande de lo que pensaba. Fue sufridora, cómplice de mis travesuras, supo guardar secretos, sin perder la sonrisa, sin decirte nunca cómo tenías que hacer las cosas, dándote libertad, porque en el fondo creo que ella sabía que el mejor legado que nos podía dar era su ejemplo de vida. Y aún cuando hago repaso a su persona, me asalta mi abuelo, al que apenas conocí, pero del que lentamente, con el paso de los años, he forjado una idea y le he atribuido una manera de ser que sigue encandilándome. Me gusta pararme a pensar en su relación, en su historia, en la manera de relacionarse con sus respectivas familias, en la solidez de su matrimonio, siempre poniendo a sus hijos y a su marido por encima de cualquier otra cosa. Y yo quiero hacer lo mismo, y me acuerdo de cuándo decía cuando nos veía que nos íbamos de viaje los cuatro: “Esther, tú como yo, siempre feliz de viajar con escolta”. O cuando contaba el disgusto tan serio que tuvo con mi abuelo, por haber prestado la casa del pinar a unos amigos y haber dormido en su cama...
Ella era buena. Y ahora me doy cuenta y entiendo su manera de actuar cuando en otros momentos le hubiera echado en cara su absurda dulzura, su mano blanda, su incapacidad para poner a cada uno en su sitio. Le hubiera recriminado su comportamiento con mi madre, enclaustrada en una vida a su cuidado, su debilidad por otros primos y me doy cuenta de lo ciega que estaba, del poder que tienen para empañar la verdad los sentimientos más primitivos, los celos, la impotencia, la envidia. Pero ahora sé que fue ella quien me enseñó que más allá del arrebato se esconde la verdad, la VERDAD. Basta con escarbar. Yo nunca tuve ojos para llegar a ver eso, pero ella así. Así que ahora trato de mirar con sus ojos. Con los de mi abuela.
lunes, 17 de noviembre de 2008
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1 comentario:
Aún corren lágrimas por mi cara. Chapeou, tejedora de sueños. He revivido toda mi vida con mi abuela. Gracias.
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