Como en la prensa diaria, la actualidad manda. Y no puedo empezar a escribir
en este blog sin contaros mi (mala) experiencia con una olla exprés. Lo primero deciros que tengáis muchísimo cuidado.
Son armas de doble filo. Son maravillosas porque te sacan de un aprieto en cinco minutos, pero todas las medidas son pocas
y es fundamental usarlas correctamente. Y no como hice yo.
Os escribo desde la cama, tomando antibióticos y calmantes desde hace cuatro días, con la mano izquierda vendada y con una faja alrededor de la tripa. No os quiero ni contar lo mal que se pasa, lo que escuecen las quemaduras y el dolor tan intenso que se siente. Sobre todo en las curas. Y os habla una chicarrona del norte, una forzuda y bestia de la vida, no por mérito propio sino por genes, porque mi umbral del dolor es mucho más alto que el de la media española.
Y aún así, esto resulta insoportable. No puedo dejar de pensar en la unidad de quemados de los hospitales, de la gente que salió abrasada del avión que se estrelló en barajas en agosto, de los supervivientes de incendios, explosiones, de los atentados... ¡pobre gente! El misterio de la vida es que hasta que no vives en primera persona algo parecido eres incapaz de hacerte a la idea, de ponerte en la piel de esas personas.
Al dolor se une mi falta de paciencia y este tipo de heridas exigen su tiempo, un largo proceso de curación, regeneración de la piel... Así que quiero ser positiva, continuar con los efectos de estos medicamentos maravillosos que te dejan cao, y hacer en lo posible mi vida normal. No tengo más remedio que estar pendiente de mi trabajo, de mis jefes y de mis clientes, pero a otro ritmo. Quiero disfrutar de no madrugar, de estar en casa, de poder levantarme y tomarme una tostada a media mañana, y conseguir que baje la torre de libros acumulados que tengo en mi mesilla de noche.
viernes, 7 de noviembre de 2008
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