sábado, 8 de noviembre de 2008

SANIDAD PUBLICA

Los españoles de a pie no somos conscientes de la fortaleza del sistema nacional de salud que disfrutamos.
A menudo me pregunto qué sería de nosotros si viviéramos en otros países y tuviéramos que afrontar un seguro médico privado de 1.500 dólares para tener cubiertas las espaldas y la hipoteca ante una enfermedad. Sin embargo, es realmente asfixiante y deprimente el ambiente que se respira en los grandes hospitales. Ayer estuve en urgencias. Mi centro de salud, que es donde me acerco diariamente a hacerme las curas, me derivó al Clínico para que me trataran la quemadura en la unidad de quemados.
Personas mayores vestidas con batas de guatiné y zapatillas, camillas en los pasillos con pacientes cenando con aspecto desaliñado, parejas de inmigrantes, madres desesperadas con niños en brazos pálidos, personas enfermizas y solas y, sobre todo, gente con muy mala educación. No puedo entender que un hospital sea un centro de conflictos. No soporto la falta de paciencia de la gente, protestando a cada enfermera, adolescentes dándose más que besos en las salas de espera, discusiones familiares escandalosas... y en medio, como meros espectadores, Sonia y yo, que tuve la suerte de que me acompañara. La gente debería disfrutar más del silencio, de las buenas formas, y de las ventajas de la buena educación. Con calma y sosiego, los problemas se solucionan mejor. El hospital parecía un mercado en plena ebullición el día de Nochebuena, o una gran cola ante las rebajas de El Corte Inglés en enero.
Tengo dudas de si mi familia y yo debemos mantener el seguro privado, pero en casos como éste, aunque se me tache de frívola, pija o elitista, prefiero mantenerlo.

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