No es un restaurante al uso. Se han escrito reseñas en prensa halagando su cocina. Un japonés de verdad, buen servicio y excelente materia prima. Al lado de casa, lo mejor. Por fuera no tiene ningún cartel que lo identifique, por dentro minimalista, apenas unas seis o siete mesas y una barra. Cuesta reservar. Tal vez demasiado.
Tres llamadas para conseguir mesa, tedioso bajo mi punto de vista.
Carpaccio de viera, muy fino. Makis crujientes. Pez mantequilla delicioso. Sello de Pedro Espina, cocinero antes del Suntony.
Manteles de tela.
Tardamos en cenar. Fueron lentos en servirnos. No tenían dos vinos de la carta que elegimos. Al final, la mujer del chef, una señora con rostro de porcelana enfundada en un kimono de seda se acercó a nuestra mesa. Transmite cariño y gusto por las cosas bien hechas y esa especie de paz interior que desprenden los asiáticos.
Rematamos la noche como la iniciamos. Una degustación de ginebras (goa, martin millers, ...) en casa de Dani.
Una noche redonda, tranquila, buena conversación y muchos cumpleaños.
domingo, 15 de febrero de 2009
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