lunes, 16 de noviembre de 2009

La niña alta y el hada bajita (para gabriela)

Hace muchos años vivieron en un país cercano dos hermanas muy distintas. La mayor era alta, guapa y simpática. Tenía una cara angelical, una simpatía innata y un par de ojos azules que cautivaban a todos. Su melena rubia, siempre cepillada, era la envidia de todas sus compañeras del colegio. Hacía siempre todo bien. Tenía un fuerte sentido de la responsabilidad, cuidaba de su hermana pequeña, hacía los deberes con total dedicación y vivía contenta. Era la que mejor leía de su clase, tenía la letra perfecta y nunca fallaba en las cuentas.
Su hermana pequeña era corriente, del montón. No era ni alta ni baja, ni fea ni guapa, ni gorda ni flaca. Pasaba desapercibida, nadie se fijaba en ella. Pero escondía en su interior un tesoro: un corazón espléndido, que no le gustaba compartir. Cuando las amigas de su madre la saludaban nunca contestaba, tenía en su cabeza una mezcla de timidez y mal humor, y sólo aquellos que más la querían sabían que albergaba un gran corazón. Nunca fue brillante en el colegio ni estudiosa, era más bien vagonetis porque prefería jugar o hacer otras cosas.
Pasaron los años y fueron creciendo. La mayor seguía tan ejemplar como siempre, despertando admiración allá por donde pasaba. Mientras que la pequeña crecía encerrada en su caparazón que cada vez se endurecía más y más. Un día empezó a crecer y a crecer y ya no pasó desapercibida. Todos los de su clase la miraban porque era la más alta, se reían de ella, pensaba que era de varios cursos por arriba y ella estaba triste porque quería ser como las demás.
Empezó a mirar al suelo en vez de al cielo y su espalda se fue curvando, curvando… hasta que empezaron a confundirla con una abuelita encorvada….
Cuando se acostaba por la noche lloraba en su cama, porque no quería ser tan alta. Era tan alta que sus pies sobresalían de la cama y siempre se le quedaban congelados. Lloraba y lloraba. A veces con angustia, a veces incluso oían sus gemidos… Su mamá se levantaba a consolarla y le decía que no era nada malo ser tan alta, que si era así sería por alguna razón y que lo importante en esta vida era aceptarse tal y como uno es. Pero a ella lo que le decía su mamá no le importaba, no se lo creía, porque vivía obsesionada con su complejo, con ser tan alta…
No quería ir al colegio, salir de casa, no se gustaba a sí misma, se creía demasiado alta, fea, tonta y poco lista…. Sufría y sufría hasta que un día pasó algo mágico.
Mientras dormía, sintió un cosquilleo por su cuerpo. Pensó que estaba soñando pero estaba equivocada. Un hada del cielo había venido a verla. Se inclinó frente a ella para susurrarle algunas cosas, que la cambiaron para siempre. ¿Quieres saberlas?
-Hada: Eres una niña maravillosa, amable y bondadosa. Es verdad que eres alta pero tienes muchas cosas buenas, tantas que no me caben en los dedos de la mano.

-Niña alta: ¿De verdad que tengo cosas buenas?
-Hada: ¡Claro que sí, infinitas!
-Niña alta: Puede ser pero soy tan alta que me confunden con jirafas.
- Hada: Cuando yo era pequeña fue tan bajita tan bajita, que a pesar de tener otras muchas cualidades, todos se empeñaron en que un hada no podía ser bajita. En la escuela de hadas no me hacían caso, cuando me enviaban a alguna misión a pesar de mis poderes todos los niños me decían que era baja… Se reían de mí. Y las hadas altas me hacían la vida imposible. Pero como hada que soy tenía poderes mágicos y pensé que hacer un encantamiento para volverme alta podía ser una solución. Pero nunca me decidí. Me acordaba de lo que me decía mi madre que es lo mismo que lo que tu mamá te dice a ti. “No es nada malo ser alta ni baja, lo importante es quererse tal y como es cada uno para poder ser feliz y hacer felices a los demás”….
Un día, pasó una cosa extraña y es que yendo de excursión por el bosque, las hadas altas, guapas e inteligentes que paseaban conmigo, se cayeron en un hoyo oscuro y peligroso. Arrastrada me caí con ellas. Estábamos asustadas, muertas de miedo y llorábamos sin tener esperanzas de salir algún día de ese hoyo…oscuro, congelador, lleno de gusanos y ratoncitos de campo…
Después de pasar una noche horrible por la mañana me desperté convencida de que debería existir en el mundo alguna solución. Tal vez mis poderes pudieran ayudarme. Así que abrí los ojos con fuerza, para descubrir lo que tenía a mi alrededor. Las hadas altas miraban más arriba, por encima de mis hombros y veían cosas que yo no veía.
A mi altura, descubrí una madriguera hecha con paja, palos, hojas de árboles. Así que empecé a escavar y a escavar mientras que las hadas altas seguían histéricas. Excavando descubrí un agujero que se fue haciendo más grande, grande y grande… Así que me escabullí dentro, por ser la más pequeña y bajita, y empecé a arrastrarme hasta salir al bosque.
Una vez fuera pude pedir auxilio y conseguir rescatar a las hadas altas, a las mismas que se habían reído de mí por ser pequeña. Ellas, agradecidas, me pidieron perdón y se dieron cuenta de que gracias a que yo era bajita las había podido salvar. Nunca más me llamaron bajita y si lo hacían a mi dejó de importarme. Porque alta o baja, todos tenemos grandes cosas por hacer.

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